Catedral románica de Santiago de Compostela

El hallazgo de los restos atribuidos al apóstol Santiago convirtió a Compostela en uno de los centros principales de peregrinación de la Cristiandad. También hizo necesaria la construcción de un templo que los albergase, una gran catedral que se proyectó y comenzó a edificar durante el último tercio del siglo XI.
La catedral debía no sólo ser un templo, sino también una fortaleza, el castillo del arzobispo. Santiago se alzaba así en posición de igualdad con respecto a Jerusalén y Roma, que miraba recelosa hacia su competidora. Allí llegaban cada año miles de peregrinos de toda Europa, impulsados por la fe. Estos debían superar un sinnúmero de dificultades a lo largo del camino y, por tanto, a su llegada habrían de quedar maravillados ante la vista de un magnífico edificio, a la altura de los restos que custodiaba.
Los peregrinos iban en grupo y habían hecho testamento antes de salir. La ruta podía durar, si todo iba bien, entre uno y dos meses. Sus vestimentas eran austeras, e incluso algunos habían de viajar desnudos, como los homicidas, que esperaban así lograr el perdón del Santo.
Sobre las ropas llevaban una concha, símbolo del Apóstol y de la sabiduría y bondad que lograrían al llegar a Compostela. Un bastón, representación del tercer pie y de la Trinidad, les ayudaba a caminar. De él colgaba una calabaza con la que transportaban agua para el camino. Por último el zurrón, que contenía las provisiones, debía estar hecho de la piel de un animal encontrado muerto, símbolo de la mortificación de la carne.
El viajero, el peregrino, también debía ser instruido. Por eso se tallaron complicadas escenas, como en la Puerta de Platerías, que ilustran acerca de la vida de los santos y los hacen más accesibles a sus fieles.
Pero la culminación de la escultura románica en España es el Pórtico de la Gloria. En él su autor, el maestro Mateo, presenta en todo su esplendor el reino de los cielos, dominado por la figura del Salvador.
Paradigma del estilo románico, las obras finalizaron en el año 1128. Aunque su aspecto interior ha permanecido intacto, el exterior ha sufrido una transformación con las reformas introducidas en el siglo XVIII, ya en pleno periodo barroco, que hacen de la catedral de Santiago un templo muy diferente del que fue en origen.

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